sábado, 24 de octubre de 2020

Ciberseguridad: El peligro no cede, aumenta

En no pocos países industrializados los grupos de industriales y de comercio esperan una mayor inversión en servicios de inteligencia gubernamentales para proteger sus activos.

Entre el 60 y 70% de los profesionales y responsables de seguridad de la información encuestados advierten que los ataques de ransomware y la ciberguerra (CiberTerrorismo, CiberCrimen, CiberActivismo) son una amenaza creciente, otras amenazas cibernéticas más tradicionales siguen estando en vigor con fuerza.

"Ciberguerra, ransomware y otros términos relacionados con la ciberseguridad son conceptos que no siempre resultan fácilmente entendibles por todos dentro de las organizaciones, lo que en ocasiones dificulta la obtención de apoyos y la asignación de presupuestos. El 53% de los profesionales de seguridad de la información españoles cree que para revertir esta realidad es necesario dar un giro drástico a su comunicación" (Bitdefender).

Ciberseguridad
Imagen: "Ciberseguridad", de Jorge S. King ©Todos los derechos reservados

A quien le interese empezar a entender o avanzar en el conocimiento de éste tema (que no se debe soslayar), le sugiero leer la siguiente nota:

Ciberseguridad: claves para entender su vigencia, dinámica y heterogeneidad en el mundo.
Por Mariano Bartolomé, publicado por Infobae.

Organizaciones terroristas y grupos criminales utilizan el ciberespacio para explotar las vulnerabilidades de sus enemigos o rivales. ¿Cuál es el escenario de conflictividad global en el que estas prácticas tienen lugar?

Desde mediados de la década de los 80, la informática ha abandonado el ámbito estrictamente científico para ocupar un lugar cada vez más importante en nuestra vida cotidiana. En particular, de la mano de los dispositivos móviles, su presencia llegó a volverse omnipresente. El desarrollo de la llamada “internet de las cosas” (IoT) indica que esta situación se acentuará aún más en el corto y mediano plazo. El sociólogo Manuel Castells ha ayudado a dimensionar cuantitativamente la cuestión, al indicar que, a fines del año pasado, los usuarios de internet rondaban los 4200 millones, contra apenas 40 millones en 1996; mientras que los aparatos de telefonía celular, que en 1991 eran unos 16 millones, en la actualidad estarían superando los 7000 millones.

Como es sabido, este fenómeno presenta un nítido correlato en el campo de la seguridad, donde ocupa un lugar central el acceso a los llamados “comunes globales”, dominios que no están bajo el control ni bajo la jurisdicción de ningún Estado, pero cuyo uso es objeto de competencia por parte de actores estatales y no estatales de todo el planeta. Así las cosas, a los cuatro dominios o ámbitos tradicionales de la defensa –terrestre, marítimo, aéreo y aeroespacial– se sumó el cibernético, que los atraviesa. La ciberseguridad atiende a las amenazas que se desarrollan en este quinto dominio, el ciberespacio, y alcanza todos los niveles de la interacción social, desde las relaciones interpersonales hasta las dinámicas del tablero global. En este último plano, en forma recurrente, se ejecutan ciberataques de diferente tipo, en función de variados objetivos estratégicos. Como bien señala un especialista español, hoy estos ataques responden a estrategias de poder, coacción e influencia deliberadas.

Ciberterrorismo: acción y reacción

Las cuestiones de ciberseguridad no han disminuido en intensidad durante el presente año. De hecho, en la reunión del Foro de Davos celebrada en el mes de enero, el secretario general de la ONU, António Guterres, incluyó las amenazas tecnológicas entre los cuatro “jinetes del Apocalipsis” que provocan incertidumbre e inestabilidad globales. Completaron la lista el cambio climático, la desconfianza de los ciudadanos en sus instituciones y las tensiones geopolíticas. Esta pesimista lectura no se vio modificada a partir de la aparición del COVID-19 y la pandemia que se propagó a lo largo de grandes regiones, y frente a la cual la población aún no tiene inmunidad. Por el contrario, desde la eclosión de esta difícil situación sanitaria que alcanzó a cada rincón del planeta, el ciberespacio ha sido escenario de numerosos acontecimientos, protagonizados por actores estatales y no estatales.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Redes sociales: lo malo, lo feo y lo bueno

Martin Hilbert: "La verdadera fuente de poder de las redes ha sido llevarnos a nuestro narcisismo, enojo, ansiedad, envidia, credulidad y, por cierto, a nuestra lujuria".
Por Daniel Hopenhayn. Especial para BBC Mundo.

"El crecimiento de la digitalización siempre fue exponencial, pero la pandemia lo aceleró con esteroides", asegura Martin Hilbert, investigador alemán de la Universidad de California-Davis y autor del primer estudio que calculó cuánta información hay en el mundo.

Martin Hilbert, imagen vista en BBC
Reconocido por haber alertado sobre la intervención de Cambridge Analytica en la campaña de Donald Trump un año antes de que estallara el escándalo, Hilbert ha seguido de cerca los efectos digitales del coronavirus y sus conclusiones son poco optimistas: las personas no saben cómo lidiar con el poder de los algoritmos, los gobiernos no saben cómo usarlos en favor de la población y las empresas se resisten a adoptar pautas éticas efectivas.

Esto debiera preocupar especialmente a América Latina, "porque son líderes mundiales en el uso de redes sociales", advierte Hilbert, que vivió una década en Chile como funcionario de la ONU y hoy vive a 40 minutos de Silicon Valley.

En conversación con BBC Mundo compartió su opinión de que las nuevas tecnologías plantean desafíos de alcances tales que podrían exigir una evolución de la conciencia humana.

¿Qué novedades trajo la pandemia a nuestra relación con las redes digitales?

Tuvo dos efectos simultáneos: nos hizo más sensibles a las secuelas tóxicas de la digitalización, pero aceleró nuestra dependencia de ella.

Y también confirmó que el segundo efecto es más poderoso que el primero: ser conscientes de que esta adicción nos hace mal no produce ningún cambio en nuestras conductas.

"Las llamadas tecnologías persuasivas cumplen su misión cuando eres adicto y no puedes desviar tu atención de ellas"

¿Por qué crees que ocurre eso?

Hay que entender cómo funciona esta economía digital, donde el recurso escaso a explotar es la atención humana.

El negocio de los gigantes tecnológicos −Google, Apple, Facebook, Amazon− no es ofrecerte avisos comerciales: es modificar tus comportamientos para optimizar el rendimiento de esos avisos.

Y pueden hacerlo porque los algoritmos, al procesar millones de datos sobre tu comportamiento, aprenden a predecirlo, mucho mejor que tú mismo.

Pero para conocerte e influir sobre ti necesitan mantenerte conectado. Por lo tanto, las llamadas tecnologías persuasivas cumplen su misión cuando eres adicto y no puedes desviar tu atención de ellas.

Por lo que muestra el documental El dilema de las redes sociales, muchos en Silicon Valley se arrepienten de haber creado esas tecnologías.

Aquí en Silicon Valley el término de moda es human downgrading [degradación humana], que resume la siguiente idea: de tanto discutir cuándo la tecnología iba a sobrepasar nuestras capacidades, perdimos de vista que las máquinas se estaban enfocando en conocer nuestras debilidades.

Ganarle una partida al campeón de ajedrez era lo de menos. Su verdadera fuente de poder ha sido llevarnos a nuestro narcisismo, a nuestro enojo, ansiedad, envidia, credulidad y, por cierto, a nuestra lujuria.

Es decir, las tecnologías persuasivas apelan a mantenerte en la versión más débil de ti mismo para que gastes tu tiempo en las redes.

Algunos críticos han dicho que el documental es alarmista, o que carece de perspectiva histórica para entender que estos fenómenos no son tan nuevos.

Como todo documental, deja sin cubrir aspectos importantes, como el cruce entre la tecnología y las desigualdades. Pero no percibo un alarmismo exagerado.

Quienes critican estos discursos tienen una frase típica: "Estas cosas siempre existieron". Y es verdad. De hecho, Facebook hizo un estudio para mostrar que la red social influye menos en la polarización política que nuestro apego innato a los amigos de ideas afines.

Pero el mismo estudio mostró que los algoritmos de recomendación de Facebook duplican ese efecto, y ahí está el problema. Los huevos y la carne siempre subieron el colesterol, pero en las últimas décadas potenciamos ese efecto con una avalancha de helados y papas fritas. ¿Me explico?

Lo que pasa es que nos cuesta admitir el efecto en nosotros mismos.

Nos preocupa mucho ver a nuestros hijos pegados todo el día a un chupete digital, incapaces de concentrarse o asimilando expectativas poco realistas sobre sus cuerpos. Pero nosotros somos otra cosa, usamos las redes por divertirnos, nadie nos mete un chupete en la boca.

Pero es un hecho que la tecnología digital también nos presta servicios imprescindibles. La pandemia lo ha dejado bastante claro.

Sin duda, y eso no tiene vuelta atrás.

El crecimiento de la digitalización siempre fue exponencial. Hace 25 años no teníamos celulares y ya es imposible imaginarlo. Pero la pandemia lo aceleró con esteroides. Aunque también mostró sus limitaciones, ¿no?

Yo doy clases en línea hace años y conozco muy bien sus desventajas, pero ahora cada maestra de primaria descubrió que con niños de 7 años no funciona para nada.